Argentina (3/9)

Buenos AiresCuanto te extraño, Clara. Hermoso nombre para un bar de la calle Borges, cerca de la plaza Serrano, centro neurálgico de la vida nocturna de Palermo viejo. Iba a pedir allá una Quilmes y escribir sobre Mercedes pero al final me decanté por el Sullivan’s Irish Pub y su cerveza alemana de nombre impronunciable.

Mercedes, asiento 31B del vuelo AR1161 del 24 de agosto de 2009. El azar, como siempre hace, quiso que me sentase a su lado en ese vuelo. Mi asiento reservado 15A estaba ya ocupado cuando entré en el avión así que me emplazaron al lugar destinado para el responsable de abrir la puerta de emergencia en caso necesario, el 31A.

No era un asiento cualquiera y no todo el mundo podía sentarse en él. Según las instrucciones que me hicieron leer tenías que saber español e inglés a la perfección y no sólo disponer de dos brazos en perfecto estado si no saber usarlos. En definitiva, un asiento perfecto para poder estirar las piernas.

No sé apellidos, no se direcciones, no sé correos electrónicos. Sólo sé que Mercedes guardaba su vida en tres maletas para empezar desde cero en la ciudad de Mendoza.

Tres fueron los motivos que la indujeron a tomar esa decisión, yo sólo supe dos. El tercero fue el decisivo. El tercer motivo hizo que fuéramos compañeros de desengaños.

Mercedes, antaño regidora del partido en el poder, casada y madre de tres hijos. Más reciente amante lesbiana de éxito entre las mujeres. A Mercedes le dejaba su novia después de tres años de relación.
“Ya no voy a dar tanto en la siguiente relación, ya he escarmentado”.
“Mercedes, vas a seguir dándolo todo porque tú y yo somos así. No sabemos ser de otra manera”.

Nos contamos nuestras vidas. Nuestros sentimientos. Nuestros presentes. Nuestros deseados futuros. Debatimos sobre las mujeres bonitas, sobre el amor, sobre el desamor, sobre las relaciones, sobre la autoestima, sobre la vida.

Cuando el piloto decidió apagar las luces de cabina para que el pasaje entero entrásemos en el trance del sueño, me obligué a recordar que, cuando despertase, le diría a Mercedes que sólo por esa conversación con ella el viaje ya había merecido la pena. Me acordé demasiado tarde, después de despedirnos en la caja de cambio.

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