Argentina (9/9)

Aeropuerto Jorge Newbery

Aeropuerto Jorge Newbery

El vuelo proveniente de Iguazú llegó con retraso a Buenos Aires, las maletas tardaron en salir, había una cola enorme para agarrar un taxi y un tráfico infernal durante los cuarenta kilómetros de recorrido.

Quince minutos más tarde de que mi vuelo a Barcelona despegase llegaba yo al aeropuerto de Ezeiza. Como si se tratase de una comedia de los domingos por la tarde, me acerqué a la única persona que allá quedaba a preguntarle si podía facturar, la señora de la limpieza.

Esa noche dormí otra vez en Buenos Aires, en Microcentro. Por mi mala cabeza ya tenía hotel reservado desde la noche anterior, con vistas, además, a la avenida Nueve de Julio.

Si mi viaje comenzó con la frase de Juan el taxista el primer día de estar en Argentina, terminó con otra frase de taxista: “En ocasiones, el mejor negocio es el que no se hace”. A veces pienso que para llevar un taxi en Buenos Aires tal vez sea necesario sacarse la carrera de psicología.

El vuelo a Barcelona no se puede decir que fuera muy relajante pero me sirvió para aprender la última lección del viaje y para bromear a todas horas con mi compañera de asiento italiana, una mujer risueña a punto de divorciarse de su marido argentino. “¡No te cases nunca con una argentina!” me decía mientras comíamos y nos reíamos de las estrecheces de los asientos.

De Argentina me traje varias cosas: Una barba de ballena que me encontré en una playa, litros de Quilmes en las venas, libros de autores argentinos, pulseras de cuero de San Telmo, porcelanas de Palermo con motivos de tangos, tangos de Lavalle, recuerdos…

Sólo me faltaste tú, Cristina. Sólo me faltó ese encuentro en Ezeiza, esos abrazos y esos besos. Ese vernos, después de tantos meses, a doce mil kilómetros de donde nos conocimos. Quizás nos encontremos en otro aeropuerto de algún lugar del mundo, algún día.

En Buenos Aires únicamente me queda ya una cosa por hacer… volver.

[http://www.youtube.com/watch?v=uEAq4c5h2Vw]

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