Día 18 de noviembre de 2011

Camino a Flagstaff

La paciencia humana me resulta fascinante. O inquietante.

Estoy de pie en medio de la plaza de la Catedral, sin pensar en el tiempo de adelanto con el que he llegado ni en el tiempo de retraso que aún no sé que tendré. Tiempo que hacemos nuestro una y otra vez.

Y una y otra vez, los vendedores lanzan hacia el cielo esos juguetes con luz azul. Y una y otra vez, cuando pasan por mi lado, me intentan vender uno. ¿Quieres probar? Sólo tienes que tirar de la goma. No, gracias. Hay cuatro vendedores, y todos vienen hacia mí, una y otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Igual no vocalizo bien y no me entienden. O igual se olvidan que ya me han visto hace dos minutos. O igual esperan que ahora sí. Paciencia.

Yolanda llega y nos encontramos en medio de esa plaza que carga, como tantos otros lugares, de tantos recuerdos disonantes. Esta vez tenía que haber sido yo quien la esperase con una pancarta con su nombre, pero no lo pensé. Hubiera sido divertido. No, no quiero tu juguete azul, gracias.

Después de los saludos y los abrazos de reencuentro, sin rigor, nos vamos a pasear. No es Sedona, ni es la Segunda Mesa, ni es Flagstaff, pero es el Gótico. Tomamos una cerveza en la desvalijada y cojeante mesa de un bar y recordamos experiencias de no hace tantas semanas. Nos falta algo de tierra roja bajo los pies, algo de amplitud en el horizonte y algunos kilómetros por recorrer en territorio Navajo, aunque todo sigue ahí de momento, en la mirada.

Entre risas, terminamos cenando en La Cerería mientras el jueves se convierte en viernes. Los bichos azules que hacía unas horas surcaban el cielo de Barcelona subiendo y bajando sin llegar nunca a ninguna parte, estarán ya a buen recaudo en cualquier bolsa de plástico, a la espera de dejar de brillar en alguna papelera de alguna habitación de hotel de algún turista de vete a saber qué país.

Yolanda y yo nos despedimos con la promesa de quedar pronto. Aún tengo que devolverle el mapa del chamán.

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