Día 27 de octubre de 2011

Leones marinos en San Francisco

Me desperezo en el hotel del barrio de Tenderloin con la sorpresa de saber que a mí no me despiertan los terremotos. Supongo que está bien saberlo aunque es curioso pensar que a mi ligero sueño le llega a preocupar más el maullido de un gato que un temblor de tierra. Aún con escepticismo, entre panqueques, gofres y mermeladas varias, la televisión de la mini sala, a la que en ese hotel llaman comedor, me confirma lo que mi hermana ya experimentó durante la noche y mi cerebro, por su parte, parece que se empeñó en ocultarme: la tierra había movido las caderas.

Desayunamos y salimos a la misma calle que hacía tan solo unas horas parecía sacada de una película de ésas donde la gente lo ha perdido todo. Y al igual que un borracho no deja de estar borracho aunque se duche, por la mañana la calle seguía igual, aunque con luz. No hay que volver, así que es tan simple como dejar esa parte de Eddy Street atrás.

Decidimos dedicar las pocas horas que nos quedan a pasear, y lo hacemos. Es curiosa esa sensación de conocer algo por ser la segunda vez que se está allí, aunque la primera fuese únicamente unos días antes y es curioso también que en este ecléctico viaje esa sensación me haya acompañado tantas veces en sitios tan distantes.

Caminamos relajadamente, subimos al puerto, saludamos a los leones marinos, nos perdemos entre la gente como buenos turistas y contamos cada uno de los dólares en metálico que rescatamos de los bolsillos; nos tiene que dar para comer algo y para regresar al aeropuerto. Justo; dos bocadillos en la plaza de las Naciones Unidas y dos billetes de Bart más tarde ya estamos dispuestos para invertir el tiempo que nos queda en territorio norteamericano a pasar el protocolo rutinario de embarque.

Policías, cacheos, colas interminables, un “no podéis comprar vino de California porque hacéis escala y os lo quitarán”, esperas, última llamada y hasta siempre, San Francisco; listos para repartir las horas venideras entre películas, documentales, azafatas con carritos y pies descalzos.

Volver, como promesa que quizás no se cumpla nunca y San Francisco, como destino en el que podría vivir algunos años, son palabras que bien pueden ir juntas.

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