Día 25 de octubre de 2011

Gran Canyon

Bea y yo nos hemos levantado muy pronto para poder ver amanecer en el Gran Cañón del Colorado. Muy pronto. Conducimos las apenas dos millas que nos separan de él y, una vez allí, escogemos el mejor emplazamiento y esperamos a que empiece a clarear. No hemos sido los únicos en querer ver el espectáculo; hay más gente, pero ninguno de los allí presentes hemos sido tampoco los primeros. Las primeras han sido ellas otra vez, las nubes, que parece que tampoco quieren dejar de ver como el sol acaricia los escarpados bordes del cañón. Pero se lo pierden, porque con su egoísmo ellas mismas lo tapan. Aún así, sí que ven amanecer. Ellas sí disfrutan del amarillo y el naranja y nosotros, con suerte, aprovechamos algún rayo que se escapa en alguno de sus despistes. Hemos vuelto a perder el combate pero no importa, el paisaje es espectacular.

Dedicamos el día a pasear por el parque hasta que bajamos a Flagstaff para también pasear por allí. El trayecto es corto, pero el viaje se hace largo debido a la falta de sueño. Tras un par de ligeros bandazos con el coche, de los que culpo al viento, paramos en un aparcamiento en medio de la nada a dormir un rato y comer pescado seco. Las espinas me dan igual.

Llegamos a Flgastff. Otra vez. Me conozco bastante bien el pueblo, así que conduzco como si fuera mi casa hasta que dejamos el coche en una zona azul, sin tiquet, porque no hay máquina a la vista donde sacarlo. Según un vecino al que preguntamos: “Sí, funciona así, puedes dejarlo dos horas aparcado y cuando pasen dos horas lo quitas” “Pero, ¿no hay que poner tiquet o algo?” “¿Tiquet? ¿Para qué? Cuando pasen dos horas, lo quitas”. Por un instante vuelvo a confiar en la especie humana.

Caminamos por calles nuevas, por pintadas nuevas, por caras nuevas, pero entramos también en sitios en los que ya había estado antes, como aquel hotel donde comí palomitas con Yolanda y donde, por cinco céntimos, una máquina te revelaba tu futuro. Lo vuelvo a intentar, pero esta vez no me convence. Futuros a cinco céntimos.

En una tienda donde entramos a comprar algo de música de la zona, conocemos a una dependienta que tiene un novio por internet que vive en Sant Cugat; la vida es eso. Acabamos el día mi hermana y yo bebiendo cerveza de chocolate en un oscuro pub donde también cenamos. El hostel está cerca, en la ruta 66. Mientras Bea descansa en la habitación yo me doy un baño en la solitaria piscina del recinto. Mañana todo empezará a terminar.

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Acerca de manucervello

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