Día 24 de octubre de 2011

Grand Canyon

Del día anterior sólo nos separa un cerrar de ojos; a las cinco y media de la mañana Bea y yo ya estamos embarcando rumbo a Flagstaff, después de habernos despedido de nuestro querido todoterreno en algún punto del aeropuerto.

Flagstaff. Un mes antes no conocía ese nombre y ahora, después de haberlo visitado en coche, vuelvo a él en avión, como si hubiera allí alguna fuerza que me atrayera. Si una cosa está clara es que nunca voy a poder trabajar organizando viajes en una agencia seria. Quizás en una más informal, no sé, en alguna que se llamase “Viajes eclécticos”, “Desviajes”, “Reptirás, pero de verdad” o algo similar.

En el minúsculo aeropuerto alquilamos otro coche con un constante no en los labios mientras nos intentan encasquetar todo tipo de extras, incluido nuevamente el GPS. Cuando finalmente nos dan las llaves, conducimos hasta Flagstaff, donde compramos cosas imprescindibles como libros que dejaré seguramente a medias y un sombrero vaquero que a mi hermana le sienta bastante bien.

La inmensidad del Gran Cañón es sorprendente aunque no consigue conquistarme del todo; la potencia desatada de Iguazú sigue en mi mente, y las expectativas con la naturaleza sobre ambientes escarpados estaban muy altas. Gran Canyon, no es por ti, es por mí. Pero no pienses que no me gustas, que sí, pero es que hay otra.

Quizás lo que más me llama la atención son los colores, esos colores que ya me sabía por las películas de vaqueros que veía en casa de mis abuelos cuando iba de visita los sábados por la tarde. Ahora estoy yo como extra en una de esas películas así que espero que por alguna parte aparezcan algunos forajidos a caballo huyendo con sacas de dinero robadas a vete a saber cuantas leguas de distancia. Todo es muy del Oeste y Bea está bastante mimetizada para la apuesta de ver anochecer allí, pero no lo conseguimos ya que las nubes parece que tenían la misma idea que nosotros. Igualmente, ha valido mucho la pena.

El día termina en el iMax3D de Gran Canyon Village, un cine más grande que el de Barcelona en un pueblo que casi cabe en la plaza Real. Después de ver una película sobre, como no, el Gran Canyon, nos vamos a que nos den de comer, rodeados de más turistas. Me pido serpiente de cascabel, pero ya se ha terminado.

Al irnos a dormir, ponemos el despertador otra vez a horas intempestivas, con la esperanza de que a la mañana siguiente las nubes se hayan retirado a sus aposentos.

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