Día 23 de octubre de 2011

Golden Gate
Día de despedidas.
Hemos amanecido en la tienda de campaña y pasamos la mañana en el bosque charlando y haciéndonos las últimas fotos. Esas que quizás sirvan para que alguien cambie la portada de su Facebook.

Nos despedimos de Yolanda, que terminará su viaje en algún momento con otra combinación de vuelos de escándalo que le hará parar no sé cuántas veces cambiando esas mismas veces de avión. Quedaremos en la ciudad condal, algún día. Aún tenemos que hacer cuentas.

Nos despedimos de Amparo, de Nieves y de su hermano, que se quedarán algunos días más para luego regresar también a su mundo real.

Nos despedimos de Cristina. Como tenemos por costumbre, ella se sube a un sitio más alto, esta vez un tocón, para darme un abrazo en condiciones. Nos volveremos a encontrar, seguro, sea aquí o allá, dentro de unos meses.

De quien no nos despedimos es de Roberto, que se viene con nosotros a San Francisco, donde le dejaremos en una casa que ofrece couchsourfing, no recuerdo si en Outer Sunset o en Outer Richmond.

El trayecto a San Francisco es divertido, aunque es la primera vez que somos tres en el coche en este viaje y se hace un tanto extraño. Es como más familiar y a mí cerebro eso no le acaba de encajar estando por esas tierras. Mientras disfrutamos del paisaje que ofrece la ruta de la costa, charlamos de las diferentes vidas y de las diferentes dificultades o comodidades para entrar como turista a la tierra prometida. Desde luego a los chilenos no se lo ponen nada fácil.

Llegamos a la gran ciudad tras comer en un restaurante de carretera. Lo primero que hacemos es visitar el Golden National Park, aunque es tarde, y los museos que queríamos ver están ya cerrados. Es mi segunda visita a ese parque, aunque es de esos sitios que nunca me cansaría de pasear por ellos. El Golden Gate tampoco ha cambiado desde la última vez que lo pisé, sólo que está vez la perspectiva es diferente, ya que lo atravesamos en coche. Volvemos a estar en una película. O en muchas a la vez.

Dejamos finalmente a Roberto en la que será su nueva casa por unos días y nos dirigimos al aeropuerto. Sin GPS. Sin mapa. Y nos perdemos. Es de noche y no hay forma de encontrar la autopista así que se nos ocurre preguntar a un taxista que nos dice amablemente “Seguidme, yo os llevo”. Otra vez en una película, esta vez de persecuciones. Literal. El taxista acelera y empieza a avanzar esquivando coches. Le seguimos como podemos con nuestro todoterreno entre el denso tráfico esperando que en algún momento nos dé un poco más de margen de maniobra, pero no; de repente se salta dos carriles y se mete en la autopista. Imposible ir detrás. Por suerte nos hemos situado.

Dormimos en un motel de carretera muy cerca del aeropuerto. Mañana toca madrugar y volver, sin adivinar el parpadeo de las luces que a lo lejos iluminan mi retorno, a Flagstaff.

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Acerca de manucervello

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