Día 21 de octubre de 2011

El Carmel

Bea y yo nos despertamos en nuestra guarida de lujo en Carmel-by-the-Sea. La noche anterior habíamos indicado en recepción qué queríamos desayunar y hoy nos lo traen a la habitación. A esto parece fácil acostumbrarse.

Estamos a apenas dos horas del lugar donde se celebrará la boda, así que nos tomamos el día con calma. Acostumbrados a conducir cinco, seis o siete horas, este trayecto será muy relajado, tanto, que de camino nos paramos a ver leones marinos. Desde que pisé la Patagonia que no los veía así, en su hábitat natural y me doy cuenta que lo echaba de menos. Disfrutamos de ellos durante un largo rato antes de volver a la carretera.

El destino final es un bosque de redwoods. ¿En serio estará toda la gente allí, en medio de ese despliegue de la naturaleza tan lejos de todo? Sí, allí están. Entramos en el bosque con el todoterreno mientras saludamos a caras conocidas de otras tierras bastante alejadas de aquel pequeño paraíso.

Yolanda y yo volvemos a encontrarnos. Debe ser sólo la tercera o cuarta vez que coincidimos en esta vida y esta vez en es en un bosque de árboles gigantes a unos diez mil kilómetros de casa. Lo más divertido es que es como si fuera lo más normal del mundo.

Por supuesto, también está Cristina. Qué diferente es esto de aquella planta del edificio de Hipercor de Meridiana donde aprendía con ella técnicas de masaje orientales. Qué diferente es esto también de aquel Sabadell donde quedábamos para charlar mientras paseábamos con Luca por el Parc Catalunya. Y, sin embargo no se me hace extraño verla en ninguno de esos sitios, es como si todos le pertenecieran de forma natural. Mañana se casa, por segunda vez. Y, por segunda vez, en contacto directo con la tierra. Y, por segunda vez, lo celebraremos.

En el pequeño gueto de habla hispana que hemos formado también está Roberto, un chico de Chile que el marido de Cristina conoció por aquellas tierras en su vuelta al mundo en bici y que ahora es muy amigo de la familia. No suelta su cámara de fotos por nada del mundo.

Terminamos el día contando nuestras aventuras mientras cenamos alrededor de un fuego. Hemos dejado atrás la comodidad del Vagabond’s House Inn por una esterilla, un saco y una tienda de campaña compartida, y no lo cambio por nada.

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