Día 20 de octubre de 2011

Giant sequoiaHoy será un día especial. Aún no lo sabemos, pero hoy acariciaremos la piel sorprendentemente suave y peluda de las sequoias gigantes. Tampoco lo sabemos pero frenaremos en seco porque entre los matorrales aparecerá una osa seguida de un osezno al que, graciosamente, le costará sortear el tronco de un árbol. No tenemos ni idea pero hoy conoceremos al General Sherman, el ser vivo con mayor cantidad de biomasa de la tierra. Y todo esto pasará en breve, cuando entremos en el Sequoia National Park.

El día en sí es espectacular. Es increíble estar rodeado de tal despliegue de la naturaleza y más cuando llevas toda la vida, desde que eras un crío, deseando ver una sequoia gigante. Ahora ya está tachada de la lista, junto a las ballenas y los colibríes. Lo que no sé en este momento es que no me queda tanto para tachar también las tortugas marinas, los monos aulladores, los perezosos y los sapos de caña, con sus dos kilos de peso. La lista es grande y por suerte nunca se termina.

Si los políticos se dan baños de masas, nosotros hoy nos hemos dado un baño de naturaleza y salimos reforzados, sintiéndonos fuertes aunque minúsculos. Por desgracia el hambre aprieta, debe ser tarde, el entorno ha hecho que no nos hayamos preocupado de asuntos tan banales, pero ya es hora de partir, comer algo y conducir rumbo a nuestro siguiente destino, aún desconocido.

La idea es dormir lo más cerca posible de donde se celebrará la boda, así que nuestro camino nos lleva hasta el mar. Terminamos en Carmel-by-the-Sea, un pueblo sobre el que nos enteraremos más tarde que tuvo como alcalde a Clint Eastwood y que está plagado de locales de jazz. En este momento, no obstante, nos quedamos con la sensación de mojarnos los pies en el Pacífico y de pelearnos por encontrar alojamiento. Al final, tras varias negaciones y varias llamadas de teléfono nos permitimos el lujo de unas cabañas con albornoz, chimenea, botella de licor y desayuno en la cama. Lo único que pienso mientras nos enseñan la habitación es en qué clase de propina estará pensando el encargado y en qué clase de propina estoy pensando yo.

Encendemos el fuego, nos sentamos en los sillones, damos buena cuenta del contenido de la botella de regalo y, tras habernos aclimatado y descansado un rato cenamos en un restaurante de la ciudad que no está nada mal. Los platos son deliciosos, el vino californiano entra muy bien y la compañía en el restaurante es, cuanto menos, curiosa: Estamos sentados al lado de un hombre que, mientras cuida a la perrita de su mujer e intenta ligar con la chica de la mesa de al lado, nos habla del imperio que ha forjado a base de fabricar globos para niños. Mañana cambiaremos la cama de látex y el sofá con periódico por un saco de dormir, pero eso será mañana.

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