Japón, día cuatro

TakayamaEs difícil mimetizarse en un entorno donde las facciones de la gente que te rodea son tan diferentes a las tuyas y donde, por lo general, sacas más de una cabeza de altura a todo el mundo. Aún así, Japón es de esos lugares donde los habitantes viven su vida sin hacer caso a lo que les rodea, o al menos esa impresión me dio a mí, que esperaba que mi más de metro noventa occidental fuera motivo de miradas curiosas allá donde fuese. Y no; allí, sin ser uno más, eres uno más. Eres parte del entorno. Parte de la soledad.

En Takayama me quedaba poco por hacer; tan sólo caminar. Así que caminé y encontré nuevos rincones, y más templos, y cementerios, y mercadillos, y calles escondidas donde no había turistas y seguí el río, recreándome en las garzas blancas y en esas carpas enormes que bien podrían competir con mi gato de diez kilos. Esa noche cenaría sushi en uno de esos locales a los que ya me estaba acostumbrando a entrar y donde la presencia de extranjeros se limitaba únicamente a mí.

De ese pueblo de las montañas, del que me marcharía al día siguiente antes de las seis de la mañana, me traje una piedra; el regalo más barato que me pidieron antes de embarcar desde Barcelona y a su vez el más complicado, porque si a alguien le gustan las piedras sabrá que ni se venden ni se buscan; las piedras hay que encontrarlas.

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