¿Qué haces, Sombrero Mexicano, encima de una nevera en un restaurante de Sants?

Aunque tal vez sería mejor llamarte Sombrero, a secas, porque de hecho, no eres ni mexicano; eres un artículo barato comprado entre risas en algún bazar chino de Barcelona. Pero no seamos injustos, quizás no fuiste mexicano en tus inicios y el tiempo te llevó a serlo.

Y es que después de toda una vida llamándote la gente Sombrero Mexicano, después de que unas manos mexicanas te adornaran con un ¡Viva México cabrones!, después de los tequilas, las risas y las fiestas durante tantos años… ¡Quién es nadie para decirte que no eres lo que estuviste destinado a ser!

Muchos años acompañando a Saúl, eh Sombrero. ¡Quién te iba a decir que llegarías a ser una mercancía tan valiosa en la ya recurrente batalla de pongos!

Porque una batalla de pongos es algo muy serio, Sombrero Mexicano. Saúl y su familia, tu familia, bien lo sabe. Y es que hubo un momento en que los Ribera pasaron de no poder dar a poder dar mucho, pero sólo fue dinero y se dieron cuenta que no era eso. Que no eran regalos caros, que la gracia de los regalos era regalar.

Y fue entonces cuando llegó la batalla de pongos.

Y fue entonces cuando en una de esas llegaste tú, Sombrero Mexicano, entre copas, risas y diversión. Entre amigos y familia. Entre abanicos gigantes y cisnes de mimbre. Para quedarte, para ser uno más, para seguir participando de cada fiesta. Para quizás, y esto habría que preguntárselo a Saúl, acompañarle en las siguientes aventuras que están por venir.