Sería curioso, poético y aventurero viajar a Nueva York en un Renault 8. No fue lo que sucedió en este caso, pero, en esa nebulosa que son los recuerdos, los sueños y las ilusiones, podría haber ocurrido, mezclando, a su vez, tiempos y personas.

La maqueta del Renault 8 azul, con matrícula de Zaragoza, apareció en una de esas colecciones que se empiezan y que nunca se terminan. Esas colecciones con las que las editoriales juegan a seducir a posibles coleccionistas lanzando sugerentes primeras ediciones de lo que sea: partes del cuerpo humano (de plástico), anillos del mundo, escarabajos o vete a saber qué. En este caso, hay que decir, que las colecciones pasan y desaparecen y es que Mercè es kiosquera y observa desde su posición privilegiada todas y cada una de las entregas de las diferentes recopilaciones.

Y aunque el Renault 8 original era verde, también tenía matrícula de Zaragoza, por parte de padre. Porque Mercè recuerda su infancia y sus vacaciones de niña en ese coche familiar. Quién le iba a decir que una miniatura de su pasado aparecería un día en su tienda y se podría hacer con él.

Don King Kong, entretanto, mira todo desde la distancia subido a ese Empire State Building que, quizás por problemas de encuadre o de perspectiva mal interpretada, es más pequeño que él. Don King Kong también es un recuerdo de unas vacaciones en familia. De un pasado mucho más cercano donde esas largas distancias se le antojarían imposibles a los gastados engranajes del R8.

Un viaje de regalo, por las decisiones, por las buenas notas, por la familia, por poder decir aquello de “me la imaginaba más grande” ante la Estatua de la Libertad. Un viaje de una semana donde las maletas no aparecieron hasta el cuarto día. Un viaje a esos sitios que nos hacen sentir pequeños y que forman parte de esas fantasías que nos acompañan durante años.

Ahora tanto Don King Kong como el R8 verde acompañan a Mercè y esperan, impacientes, aumentar la cuadrilla de recuerdos, quién sabe aún con qué viaje.