El último gin-tonic

El último gin-tonic fue uno sin hielo y en vaso ancho sentado en el sofá de casa mientras dedicaba mi tiempo a ver algo muy importante en internet que ya no recuerdo.

El último gin-tonic se quedó a medias en el banco de un local de Gràcia que ya cerraba y ni el intento de huida entre la multitud, vaso de cristal en mano, ni la discusión con la camarera llegaron a buen puerto.

El último gin-tonic fue uno en la planta veintiséis de un hotel de cuatro estrellas en Hiroshima. Un gin-tonic mal hecho en vaso estrecho y con demasiado hielo, en una mesa con pocas vistas, haciendo juego con la decadencia de cualquier secuencia de Murakami en cualquier local de jazz de cualquiera de sus libros.

El último gin-tonic compartía experiencias paralelas en sexos opuestos y se reía del burdo andar y hablar de las camareras que creían tenerlo todo con esos pechos operados.

El último gin-tonic brillaba en azul y en inglés bajo alguna extraña luz en un bar de Sants mientras la gente de alrededor comía, hablaba, gritaba, bebía y continuaba con su vida ajena a las historias inventadas sobre ellos por dos mentes perversamente inquietas.

El último gin-tonic fue uno tirado sobre la mesa de un local de Ahrensburg y substituido por otro igual de mal combinado, pero donde lo importante no era ni la bebida, ni el local, ni el hielo, ni el tipo con sombrero, ni la gélida temperatura del exterior, ni la música, aunque fuera buena.

El último gin-tonic lo hará algún camarero de algún bar, de cualquier ciudad, con mayor o menor gracia, más o menos cargado, con más o menos ornamentos, pero no será importante. Será sólo un gin-tonic. Será sólo una excusa.

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Japón, (último) día catorce

Último díaUn viaje, planeado o no, es una cuenta atrás hasta el día de la vuelta, porque no sabes únicamente que va a terminar sino cuándo; desde el mismo día que comienza puedes llevar calculados cuántos minutos vas a pasar fuera. La vida suele ser más laxa en este sentido, los etapas comienzan, terminan, cambian, mutan, se encadenan, pero el tiempo suele ser más flexible y no tan imperativo. El tiempo te deja hacer, sin avanzarte cuánto falta para llegar y así dejarte tranquilamente disfrutar de los detalles y de los procesos.

Último día en Japón, último día en Tokyo. Desayunar en el hotel, echar de menos el paraguas transparente que compré y que me dejé olvidado en el ryokan de Takayama y salir, bajo la única lluvia que me ha acompañado este viaje, a coger mis últimos trenes en dirección al aeropuerto.

Último día, nada que hacer, sólo recordar; el siguiente vídeo contiene (prácticamente) todas las fotos lanzadas durante el viaje, no está permitido pestañear:

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Japón, día trece

Nikko¿Qué hay en Nikko? Templos y bosque. Suficiente. Nikko es otro de esos turísticos sitios a los que parece que hay que ir sí o sí. Por suerte, al menos para la gente como yo que tiende a huir de las multitudes siempre que puede, en todos estos lugares también hay una puerta de atrás; un camino que no todo el mundo investiga y que te aleja del bullicio para descubrir lo que hay tras las bambalinas. Y detrás del telón, esta vez, hay un pacífico bosque de árboles increíbles.

Es mi penúltimo día en este país, al menos por el momento, y decido pasarlo visitando los santuarios y templos de un pueblo al norte de Tokyo que se llama Nikko. Turísticamente hablando todo está pensado para llegar a los puntos importantes sin usar apenas las piernas pero para mi gusto eso le quita parte del encanto, con lo que tras bajar del tren subo caminando a la zona de los templos. El día está un poco gris pero la visita merece mucho la pena. Esta claro que este país son contrastes, son texturas, son colores y dan ganas de pasarse en él un año entero sólo para ver cómo cambia con las estaciones.

Ha sido divertido el día, ha sido divertido encontrarme, casi por emboscada, inmerso en una ceremonia budista, manteniendo la postura de seiza durante tantos minutos; los empeines de mis pies no recordaban tanta tensión desde que practicaba shiatsu. Lo más gracioso es que, aunque parezca increíble, el occidental de metro noventa ha aguantado estoicamente aún mientras los japoneses allí presentes se rendían y se relajaban en el tatami de aquél templo buscando una posición más cómoda para sus rodillas.

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Japón, día doce

TokyoNo hay nada especial que quiera ver hoy, sólo un par de calles y parques que tengo apuntados en el GPS de mi móvil. Lo bueno de la ignorancia es que es bastante pacífica y no te da problemas; si supiera todo lo que me estoy perdiendo seguramente me daría un ataque de ansiedad pero al no saber y no querer saber me contento con cualquier pequeño detalle.

Tokyo es inmenso. Y como toda inmensidad tiende a repetirse, modificando ligeramente algunos aspectos pero manteniendo la forma. Es como ese juego que, a partir de una palabra y cambiando sólo una letra cada vez, vas obteniendo nuevas palabras con diferente significado. Hoy me pierdo nuevamente en el cruce de Shibuya, esta vez de día y sin tanta gente, camino por el barrio de Shinjuku, y paseo sin rumbo intentando tropezarme con edificios o esculturas que ya había visto en alguna web o alguien me había comentado de su existencia.

Día de turista, día de sushi en cinta rotatoria, día de comprar libros y de despedirse de Tokyo. Aún me quedan dos noches más aquí pero la urbe y yo hoy nos decimos adiós, y lo hago de la mejor forma que sé: dejándome las suelas de las zapatillas por sus calles.

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Japón, día once

KamakuraEse hotel con nombre francés al lado de la estación de Tamachi se había convertido en una especie de hogar temporal que me permitía dejar la mochila a buen recaudo y no cargar peso en mis paseos. Viajar sin carga te da más libertad pero a la vez te condiciona a regresar siempre al mismo punto de partida, lo que también puede parecer, según que circunstancias, otra carga. Viajar sin carga al final es una utopía, porque el tiempo se encarga de ir nutriéndote y ganas peso con la edad, peso que transportas y al que das vueltas constantemente tratando de amoldarlo o esconderlo según el día y el momento.

Sin saber cómo llegar a lo que quería ver ese día me dirigí a Kamakura, otro de esos lugares que me habían dicho de visitar sí o sí y donde se suponía que había un señor gigante de bronce que yo era incapaz de encontrar. En Kamakura me perdí, varias veces, hasta que la fortuna, el destino, la providencia, la casualidad, el azar o el simplemente estar ahí en un momento dado me hizo encontrarme con Helena y Jose, una pareja de Madrid a los que el día anterior había hecho una foto en un barco pirata perdido en las montañas a cincuenta kilómetros más al oeste de ese ya lejano país.

¡Qué diferente es viajar dejándote llevar no por ti sino por otros! Y que agradable descanso el no pensar qué tren, qué autobús, qué camino o cuánto cuesta. Con ellos encontré al buda, con ellos paseamos por templos y con ellos terminé cenando en un restaurante presumiblemente chino de Yokohama, ciudad a la que nunca se me habría ocurrido ir de no haberles encontrado. Viajar es encontrar sin buscar, como las piedras, como la gente, como las emociones, como Helena y Jose.

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Japón, día diez

Principito en HakoneMe hubiera gustado quedarme más, ir más al norte, rozar las faldas del monte Fuji y ver a los macacos de cara roja bañarse en las fuentes termales, pero no pudo ser, el camino ese día terminó en Hakone, atravesando el lago Ashi en un barco pirata. Y es que si hay algo que tiene Japón son cosas que no te esperas. Entre esas cosas se encuentra, por ejemplo, una misión que me había propuesto para ese día; y es que en Hakone hay un museo del principito de Saint-Exupery.

Llegar al museo es sencillo si sigues todas las instrucciones: una vez dejas el shinkansen en Odawara sólo tienes que coger otro tren, luego zigzaguear por las montañas con un cremallera, pillar un autobús que baja por curvas empinadas más rápido que mi moto, adivinar la parada y bajar. El museo es bonito pero tampoco tiene más. Es curioso, no obstante, que en todo el trayecto para llegar a él también se pase al lado de un museo Picasso, perdido en las montañas.

Después de comer bien y barato me monto en el mencionado y fuera de lugar barco pirata que atraviesa el lago. Mi ilusión es ver aparecer a Fuji en la lejanía en algún momento del viaje, pero las nubes me lo impiden. A mí y al resto de pasajeros entre los que se encuentra una pareja que en un momento dado me piden que les haga una foto. Una pareja que el día siguiente descubriré que son de Madrid, que se llaman Helena y Jose y que son muy simpáticos, aunque eso será mañana, inesperadamente en otra parte del camino.

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Japón, día nueve

NaraHay momentos en los que toca tomar decisiones, se ajusten o no con los planes o no-planes del viaje de cada uno y, en este caso, la decisión fue la de establecer de antemano el campo base en Tokyo, muy a mi pesar, para las restantes cuatro noches. ¿El motivo? Los japoneses están de vacaciones y todos los alojamientos que quedan libres en mitad de mi trayecto imaginario o están completos o son prohibitivos. No queda más remedio que decidirse por lo menos caro y reservar una habitación en la capital para los últimos cinco días. Como compensación, descansaremos de mochila.

Sigo en Kyoto no obstante, aunque ya sólo de paso: He abandonado mi hotel, he dejado mis pertenencias en una consigna de la estación de tren y me propongo pasar el día entero en Nara, que es uno de esos lugares que me han dicho que sí o sí tengo que ver aunque, resumiendo, y siendo fieles a la realidad, en Nara únicamente hay templos y ciervos. Punto.

Las distancias son tan relativas como el tiempo, sobre todo cuando viajas sin pensar; un minuto deja de ser un minuto y quinientos kilómetros son sólo un número que los shinkansen se encargan de comerse en algún momento sin que tú tengas que preocuparte. Es divertido pensar sólo en experiencias y no en cantidades, lástima que en nuestra zona de confort no consigamos que esto sea siempre así.

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